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La muerte en #México es fiesta

La muerte en México es una fiesta de ofrendas monumentales, en donde las familias se unen en torno a tamales, moles y atoles. En todos los periódicos se publican “calaveritas”, que son sencillos poemas de burla, como epigramas, en los que se habla de la muerte de personajes públicos, de políticos, artistas y famosos. El país se llena de flores de cempasúchil, de campos con miles de soles, de incienso, copal y papel picado como en una gran ofrenda.

Los mexicanos tenemos una curiosa relación con la muerte. En el día de muertos, en la conmemoración de todos los santos, nos burlamos de ella, nos la comemos en dulce y pan, la hacemos verso y la rodeamos de colores, de olores y de sabores. Los muertos vienen, vuelven conviven. Son parte de nosotros. En México como dice la canción, “la vida no vale nada”. La muerte es algo normal. Con la muerte se vive. Es un gran mito nacional. Un gran rito nacional, nuestra cultura, nuestra forma de ser. Se le teme igual, quizá más, pero se le festeja.

Una combinación cultural, en la que se hacen convivir, las añejas tradiciones prehispánicas e hispánicas, con la influencia norteamericana del Halloween, ante el enojo rabioso, cíclico y documentado, de puros y ortodoxos. Pero al final hay fiesta, es asueto informal, puente como le decimos en México y así festejamos esta semana el día de muertos una vez más los mexicanos. Como siempre. Como cada año, pero también adquiriendo un sabor singular.

En México, desde hace muchos años, meses, todos los días, son días de muertos. Los mexicanos festejamos la muerte este año en un entorno ante el que parece que nos hacemos indiferentes. Nos acostumbramos.

Hoy nuestra fiesta de día de muertos no resiste la convivencia con la realidad. Nuestra fiesta es pretexto como nunca. Es una fiesta que nos evade en colores de un luto real. Confrontar la realidad con la fiesta y la fiesta con la realidad, hoy nos desnuda. Sencillamente ¿cómo hacemos? ¿Cómo festejamos entre muertos, el día de muertos? Es claro que todos nos tenemos que morir de algo, pero no tenemos porque vivir en la indiferencia ante la muerte violenta y dolorosa de los otros. No me resigno a vivir a diario un día de muertos. Del periodista, del activista ni del militante y los que yacen en alguna fosa clandestina. En resumidas cuentas, de nadie que la voz levante porque recordar y aceptar la muerte como natural más no como destino por el hecho de no callar.

 

Gil Flores

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